martes, 5 de julio de 2011

Juan 6:51-58 (25/06/11)

Por la festividad del Cuerpo de Cristo.
Manolo

Juan 6:51-58 
En aquel tiempo, dijo Jesús a los judíos: "Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo." Disputaban los judíos entre sí: "¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?" Entonces Jesús les dijo: "Os aseguro que si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él. El Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que come vivirá por mí. Éste es el pan que ha bajado del cielo; no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron; el que come este pan vivirá para siempre."

Reflexión pastoral
Esta festividad nos permite profundizar la crítica a nuestro ser cristiano, entendido como nueva humanidad, que se ha vaciado de contenido; y luego también en un momento de decisión, apuntando al cambio necesario hacia una identidad cristocéntrica, liberadora de humanidad plena, capaz de asumir comprometidamente la transformación del mundo.
Ser cristiano o nueva humanidad es el resultado de una acción bien concreta como lo es comer cierto alimento destinado a producir di- cho ser. Alguien acertadamente dijo que “somos lo que comemos”, por lo tanto nadie puede ser humanidad nueva si no come el alimento fundamental para serlo. Jesús expresa esto mismo con la frase leída en el evangelio: “Si no comen la carne del Hijo del Hombre y beben su sangre no tienen vida eterna”. La tarea que tenemos por delante  los cristianos es demostrar al mundo que, según el decir paulino, “el que está en Cristo nueva criatura es, las cosas viejas pasaron, he aquí todas son hechas nuevas”. No hay ninguna posibilidad de decir que “somos higuera” si producimos “manzanas”. Ya es hora de tomar el tiempo necesario para un golpe de sinceridad con nosotros mismos.
Para todos aquellos que deseamos ser nueva humanidad reconociéndonos faltos de ella por la incapacidad que tenemos en producir la revolución pacífica que necesita el mundo, pasando de la violencia del sistema competitivo a la cooperación humana para la igualdad, los DDHH y por ende la paz,  Jesús (Hijo del Hombre, según la propia manera de identificarse) nos muestra el camino para alcanzarla, y este trazado lo da a entender con la metáfora de “comer su carne y beber su sangre” que da origen al rito de la Santa cena.
Por supuesto que no creemos en lo mágico que muchos cristianos ven en la eucaristía, sino que entendemos a este ritual como la representación de nuestro deseo por dejarnos dominar por el Espíritu del Hijo del Hombre que se ofrece como comida y bebida hasta que la nueva humanidad se plenifique en nuestra existencia, y que el mundo vea que “ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí”.
Para que esta espiritualidad tenga efecto en la vida terrenal hace falta la fe en reconocer a Jesús como paradigma de nueva humanidad  viviendo como él vivió a disposición del Reinado de Dios y su justicia y cumpliendo con sus dictados de negación del “yo” cotidianamente.
Hay una frase en el relato juanino que revela como Jesús argumenta la razón de la exigencia radical planteada a sus seguidores, a fin de que estos extiendan en la historia su mismo modo de vivir como modelo de Hijo del Hombre realizado, para complacencia y gozo del Padre Dios creador, y también de la misma criatura en todas las generaciones:El Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que come vivirá por mí.”
Todos aquellos que buscamos ser una nueva humanidad porque queremos construir un mundo que alcance el propósito de paz con que fue creado, tenemos en las palabras de Jesús una respuesta al alcance de todos los buscadores sin ninguna exclusión.
Me parece que la Iglesia servidora del Reino de Dios y su justicia debe retomar el camino de permanentemente reflexionar en la metáfora, “comer la carne y beber la sangre de Cristo”, porque allí está el secreto de su fidelidad al plan maestro de Dios. Cuantas cosas del “cristianismo real” dejarán de tener la importancia suprema que vanamente les adjudicamos a ellas a partir de la reflexión del Corpus Cristi, porque nos daremos cuenta que tales cosas no sólo son secundarias  sino que entorpecen marcadamente la realización del proyecto de Jesús, fin último de la propuesta de la metáfora jesuánica.
Seguramente es la oración de muchos hoy que los cristianos podamos descubrir la esencia de nuestra fe desbrozando las ramas que sin frutos consumen la vida eclesial, tomando como metáfora para dicha acción podadora, la famosa parábola de la vid en la que se expone que Dios labrador, teniendo en cuenta la productividad de la vid, corta todos los pámpanos sin fruto para que los que si lo llevan tengan la savia disponible para la noble tarea. En este sentido oramos que Jesús, alimento del militante, sea aprovechado no en otra cosa que en la lucha por la justicia restaurativa y la paz, que son los pilares del Reino de Dios.    
  

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